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viernes, 21 de noviembre de 2008

Alberto Punset El Escorial o Yo también quiero ganar el Oscar por morrearme con Scarlett Johansson

Cuando salí de ver Vicky Cristina Barcelona me puse a pensar qué sería de la cinta si Woody Allen, en vez de ambientar la historia en la localidad catalana, hubiese optado por la capital de España. En lugar de esa horrible y machacona canción (por mucho que le guste a Juan Ramón Lucas) que se repite a lo largo del metraje, el tema central sería El Escorial, de Los Punsetes. Si casi te han escrito el guión, amigo Woody:

Querido Alberto:

Ese verano en El Escorial, gracias a ti lo pasé fatal. Si me lo cuidas, me voy de viaje. Tienes para ti, de sobra para los demás. Eres de los que miras en los accidentes. Sé que las chicas por la noche estáis asustadas, pero ¿tengo yo pinta de tarao? Lo natural es desconfiar. No los conozco y los odio. Siento que me arrepiento de lo que te he dicho esta mañana. Quiero morir en el preciso instante en que lo diga una chica.



No voy a participar en la polémica. No me interesa dilucidar si esta es la peor de Woody Allen o la segunda peor. Eso sí, nunca pensé que Penélope Cruz sería lo mejor del reparto. Aunque para que la premien tampoco es. Eso sí, mi fe en los Globos de Oro ha terminado de esfumarse: si han nominado a Javier Bardem es que ni siquiera han visto la película.

martes, 11 de noviembre de 2008

La inmortalidad es un McGuffin

Un señor muy inteligente me dijo hace poco que era preferible no regalar libros tochos (¿usó la palabra tochos?), que los tochos había que elegir leerlos y no que te los impusieran. De vez en cuando me da por leer algún tocho, aunque este año me he dejado un buen montón a medias. Otro señor, muy inteligente también, asegura que, llegada una edad, hay que elegir entre parecer progre o dejar los libros a medias. A mí en realidad me da igual parecer progre, así que, finalmente, conseguí terminar 'Bomarzo'.

Un McGuffin, según la nunca bien ponderada Wikipedia, es una expresión acuñada por Alfred Hitchcock que designa a una excusa argumental que motiva a los personajes y al desarrollo de una historia, y que en realidad carece de relevancia por sí misma.

Pues eso, que 'Bomarzo' comienza con un señuelo. El protagonista, Pier Francesco Orsini, es un noble italiano del siglo XVI que vive hasta nuestros días. Y tú te preguntas, ¿cuál es la misteriosa fórmula que lo convierte en eterno? Cuando vas por la mitad y ves que la cosa no pasa de la Venecia renacentista, te inquietas. Pero, después de leer 400 páginas, descubres el truco: la inmortalidad del jorobado Pier Francesco es un McGuffin. Ay, Mújica Laínez, si Hitch hubiese rodado más películas de época, lo que podría haber hecho con este material...

martes, 30 de septiembre de 2008

Paul Newman, el concierto de Clint y la tristeza



Aunque lo supe aquella tarde, no pensé en ello hasta que, en el concierto de Clint, el grupo le dedicó una canción. Había muerto Paul Newman y para mí era como si se hubiese muerto un pariente lejano, alguien a quien no ves a menudo pero al que tienes mucho cariño. Y es que siempre estuvo allí: en La gata sobre el tejado de zinc, en El coloso en llamas, en Samantha, en El Premio, en Cortina rasgada. Ahora sigue estando pero, al mismo tiempo, se ha marchado, sustituído por una densa tristeza.

Nos quedan los recuerdos.

martes, 23 de septiembre de 2008

Odiamos tanto a Boyero

En el fondo, es pura y simple envidia. Mira que aquí hablamos de temas tan interesantes como La Era Victoriana o El plano inclinado de Hollywood y, a pesar de ello, recibimos escasísimos comentarios. Qué le vamos a hacer. El caso. El blog Una de piratas, perpetrado por Oti Rodríguez Marchante, ex-contertulio del programa de Garci y crítico de cine del ABC ha publicado un post sobre el tema de moda (al menos para mí): la polémica recogida de firmas contra Carlos Boyero. O contra El País. O contra los chicos de la prensa, así, en su conjunto. Yo qué sé. Y todo por salirse de una peli de Kiarostami y hacer alarde de ello.

Ese post, que lleva el anodino título de 'Qué poca vergüenza', va por los 425 comentarios. Pero no sólo es la cantidad, sino la calidad. A este texto se han acercado:

Stanley Kubrick: En realidad, 2001 debía terminar con la imagen del monolito incrustado en el culo de Juan Manuel de Prada, como símbolo de la inteligencia cósmica más allá de toda comprensión. Pero me pareció demasiado evidente. Por cierto, me he reencarnado en Pepón Nieto.

Antonio del Real: ¿Y nadie habla de mi última obra maestra?

Eduardo Torres Dulce: Señorita Pepita, debo decirle, en primer lugar, que no tengo polla. Y sólo follo con Garci utilizando la prótesis testicular que mi buen amigo Oti le regaló a Don Carlos Boyero.

Hermanos Lumière: Desde la tumba seguimos apasionante "polèmique". Augusto, hermano mío, mira que te lo dije: "El cine es un invento sin porvenir".

Paco el Pocero (ese hombre): ¿Y de lo mío, qué?


¿Y qué opino yo de la polémica? ¿Le importa a alguien? Bueno, pues pienso que alguien que afirma que Godard le parece uno de los mayores bluffs de la Historia del Cine y que detesta películas como 8 y Medio, Persona o Inland Empire... Que cada cual complete la frase a su conveniencia. ¡Y todos a comentar!

jueves, 18 de septiembre de 2008

Seis grados de separación entre Marisol y Godard



Queridísima Marisol, o Pepa Flores, como prefieras:

¿Crees en la teoría de los seis grados de separación? He de confesarte que no he visto entera ninguna de tus películas pero me atreveré a asegurar que no tienen nada que ver con las de Jean Luc Godard. Aunque es probable que él hubiese disfrutado con tus canciones. ¿A quién no le gustarían?

De ahí a que te hubiese llamado para dirigirte hay mucha distancia. O seis grados únicamente. Porque resulta que, cuando creciste, rodaste una peli llamada 'La corrupción de Chris Miller' junto a la malograda Jean Seberg. A ella Godard sí la llamó después de verla ataviada como Juana de Arco en el film de Preminger. Oh, pero esto sólo es un grado. No se vayan todavía, aun hay más.

Tuviste una hija. María Esteve. Se hizo actriz. También cantó en el cine (El otro lado de la cama y su secuela). Probó suerte en el teatro. Siempre me gustó la gente que fuma en la cama. Fui a ver como María y su amante fumaban y fumaban sin salir del catre. Y hete aquí que uno de esos diálogos es como sigue:

Bueno, tengo cierta teoría sobre el cine.(...)
Por ejemplo, alguien ve Vidas Cruzadas y luego Magnolia, o… simplemente le gusta esa estética. Esa persona pertenece a un conjunto, conjunto A, y está bien. (...)
Pero imagina alguien que ve Volver. Y después Doctor Dolittle o La vida secreta de las palabras y después Dos tontos muy tontos. Y después… algo nada que ver. Esa persona no pertenece a ningún conjunto. No tiene una estética que lo identifique. Esa persona está mal.
Mira, yo salía con una chica que había visto todas las películas de
acción del mundo. Stallone, Schwartzeneger (sic), eso está bien… Pertenecía a un conjunto. Un día me invitó a ver una película de Godart (SIC). Algo muy sospechoso. Ese día supe que algo andaba mal y sí, a la salida me dijo que había vuelto con su novio. ¿Me entiendes...?


Seis grados (más o menos). Al pobre Godard lo meten en cada fregado...

PD: Y si te gustan Marisol y Godard, ¿cómo de mal estás?

In the mood for blog








Las oficinas son lugares en los que millones de personas malgastan sus vidas durante 5 días a la semana. Uno se fascina de cómo puede la vida desarrollarse en un entorno tan hostil. Los oficinistas se asemejan a animales fantásticos, como los peces que viven en las profundidades abisales o esas plantas raquíticas que crecen en los bordes de las autopistas norteamericanas.

Este entorno imposible y hostil, además, puede existir en cualquier lugar y época, lo cual es doblemente inquietante: los empleados han existido y existirán siempre, por muy alejado rincón del mundo que se observe.

Y así, Wong Kar-wai decidió contar una historia de amor en el Hong Kong de los años 60. Y, además de sorprenderme porque en tan exótico paisaje sonasen las canciones en español de Nat King Cole, me maravilló comprobar que las oficinas ya existían. ¿Dónde podremos escondernos de ellas?

Lo original es siempre lo mejor: In the mood for blog

martes, 8 de abril de 2008

Asuntos privados en lugares públicos

No puedo evitarlo: por más que se acueste con Sarko, Carla Bruni sigue resultándome atractiva. Puede que incluso más que antes. Convertida en primera dama de Francia, la Bruni parece haber alcanzado su estadio definitivo, como si lo de supermodelo o cantautora cool hubiesen sido solo sucesivas crisálidas de las que se ha ido despojando cuando le ha convenido.
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Los genios que traducen los títulos de las películas han rebautizado la última obra de Alain Resnais, ‘Coeurs’ (corazones), ‘Asuntos privados en lugares públicos’. Así, una leve comedia dramática sobre la soledad podría antojársenos una exhibicionista cinta pornográfica.


Quizá al genio que ideó esta frase decidió emplearla a toda costa, aunque no tuviese nada que ver ni con el argumento del film ni con el título original.
La expresión volvió a mí cuando vi a Carla Bruni en la recepción de los Reyes de Inglaterra, tan afectadamente espléndida, sonriendo en exclusiva para las cámaras.
Pensé en como el absurdo romance Carla-Nicolas se ha convertido en un inmenso asunto privado desarrollado en lugares públicos: en visitas oficiales, en actos retransmitidos vía satélite... En todas sus encarnacione, la Bruni ha ocupado el centro del escenario. Ahora, despojada de todos sus disfraces, continúa siéndolo. Los asuntos de estado no tendrán importancia. La inexpresiva mirada de la bella consorte ocupará todas las portadas.

lunes, 31 de marzo de 2008

Me casé con UN skrull

Todos tenemos agazapado en nuestro interior un hombrecillo verde. El hombrecillo verde puede permanecer durante toda nuestra vida dormido o en silencio. Aunque a veces nos habla, y sus palabras nos subyugan, y así nos impulsa a hacer cosas que de otro modo no nos atreveríamos a hacer.
Los superhéroes están haciendo cada vez cosas más extrañas: se mueren a puñados (nunca por mucho tiempo), no llevan los calzoncillos sobre la ropa o tienen hijos antes de casarse. Marvel ha decidido echarle la culpa de estas actitudes a los skrulls. Los skrulls son una raza alienígena de hombrecillos verdes que pueden alterar su aspecto a voluntad. Parece ser que desde hace décadas planeaban una invasión del planeta tierra y la avanzadilla había sustituido a integrantes de los supergrupos más importantes.


Marvel no se ha dado cuenta de que llevamos echándole la culpa a los skrulls desde hace tiempo.
Volví a ver ‘La sombra de una duda'. La sobrina de Joseph Cotten no acaba de creer que, a pesar de que intente matarla, su tío sea el asesino de la viuda alegre, que se debe a una locura transitoria, a un golpe en la cabeza. Hitchcock intenta tranquilizarnos. Alguien tan hermoso no puede ser malo porque ha elegido ser así.


Todos tenemos dobleces, hábitos vergonzantes que intentamos ocultar. Y cuando se descubren, nunca somos culpables. El concejal de urbanismo de Palma de Mallorca, Javier Rodrigo de Santos, usaba fondos públicos para pagarse sus desahogos con chaperos. Un comportamiento vergonzante teniendo en cuenta que este ultracatólico se oponía públicamente al matrimonio homosexual. Cuando le pillaron dijo que su comportamiento se debía al abuso de las drogas. Seguro que su mujer e hijos piensan que no era él, que seguramente un skrull lo había suplantado. El hombrecillo verde siempre tiene la culpa.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Mutantes

Desde el principio supe que los mutantes acabaron hace mucho. La duda recurrente que me asalta es cual fue su historia definitiva, su historia última. Desde el principio pensé que la saga definitiva era una narración épica, en la que la Patrulla X decidía el destino del universo, en el que sacrificaban sus vidas para salvar a la raza humana de un final peor que la muerte.
En esta espiral que es nuestro devenir escuchamos cosas que quizá ya sabíamos y habíamos apartado del primer plano pero que repentinamente regresan, como se acaban contando siempre las mismas historias.
En la conferencia de presentación de ‘Cine, estética y pensamiento’, Doménec Font habló de los mutantes. No exactamente de los mutantes en los que yo estaba pensando, sino unos más añejos, los que aparecen en ‘La invasión de los ladrones de cuerpos’. Este clásico de la serie B está protagonizada por unos seres que suplantan a sus víctimas adoptando su forma. Font habló de estos mutantes porque intentaba explicar El Cine. Suena pretencioso, pero si yo me intento explicar los mutantes supongo que gente más preparada que yo podrá explicarse el séptimo arte.
Así, llegamos a un tercer tipo de mutantes: aquellos que disfrutamos con el cine que requiere de explicación, áspero, difícil, inextricable. Font introdujo ‘Inland empire’, una cinta mutante, incomprensible, deliberadamente feísta pero que consigue subyugar a pesar de su desorden y su inquietante interpretación de la imaginería de ‘Alicia en el país de las maravillas’.



Lynch ha dicho de su última obra que es una espiral. La historia de los mutantes es una espiral. Los distintos surcos se parecen unos a otros y se suceden, su circunferencia es más o menos amplia pero siempre tiene la misma forma. Ya lo sabía. Su historia definitiva es la de una suplantación, la del robo de un cuerpo. Un ente (Fénix) suplanta a una mutante. La historia original se contó hace mucho y se repite periódicamente. Nosotros los mutantes sufrimos una posesión que nos transforma de engullidores de palomitas a seres que gozan con lo críptico, con lo fantasmagórico.
Los mutantes no son héroes, son criaturas subterráneas que imitan la forma humana y que quizá no decidan el destino de la humanidad, aunque es posible que consigan marcar la diferencia.

lunes, 11 de febrero de 2008

Un atisbo de humanidad

En un ya añejo cómic, el Onslaught: Marvel Universe, el supervillano de turno, Onslaught, mantiene una distendida conversación con el Profesor Xavier en la que le comenta que destruirá la tierra y a todos sus habitantes porque es muy malo y muy poderoso y nadie puede vencerle. El profe le responde que le falta algo para conseguir su objetivo: un atisbo de humanidad. Y que eso será su perdición.
Me gusta la expresión "soy humano", que sirve para justificar errores leves o defectos que le delatan a uno como ente cuyas reacciones y pensamientos son imprevisibles.
De eso trata más o menos 'La question humaine', de Nicolas Klotz, una película cuyo argumento establece un siniestro paralelismo entre el lenguaje de los departamentos de recursos humanos de las grandes corporaciones y el que utilizaban los nazis para redactar sus informes sobre el día a día del holocausto.



Como soy humano, tengo una predilección desaforada e injustificable por el cine galo. Como soy humano, me ofende que una cinta tan importante como esta no se haya estrenado comercialmente en España. Como soy humano, me hace reír que el protagonista, un inexpresivo Mathieu Amalric, haya ganado un puñado de premios internacionales por una interpretación en la que solo tiene que pestañear. Como soy humano, no entiendo a esas personas que viven para trabajar. Se me ocurren millones de cosas con las que obsesionarme antes que eso, aunque reconozco que no le pasa a todo el mundo, más si trabajan en una multinacional y su nómina abulta tanto como la guía telefónica.
Trabajar en una oficina tiene una cualidad adictiva. Te hace creer a veces que tu vida se reduce a ese espacio impersonal, a esos compañeros (con los que estableces relaciones que, peligrosamente, llegas a confundir con la amistad), a ese horario, y que el resto es únicamente el espacio entre un día laborable y otro. 'La question humaine', aparte de hablar de la pérdida de identidad de los individuos en la terrible uniformidad de la empresa, narra la construcción del proyecto vital del protagonista, un proyecto que aleja sus sentidos del lugar en el que trabaja, algo que no parecía haberle ocurrido hasta ese momento. Este oficinista vive en un vacío laboral: ama la música como quien ama las calles por las que pasa todos los días y, del mismo modo, sostiene una desapasionada relación amorosa. Sin embargo, permanece en su despacho de sol a sol y en sus ratos de ocio acude a enloquecidas raves interdepartamentales. Pero, poco a poco, la investigación sobre la supuesta enfermedad mental de un superior va rellenando los huecos de su gris existencia: le dedica sus tardes libres, sus fines de semana, sus minutos para el café. El oficinista entiende que, involuntariamente, la entidad a la que sirve le ha devuelto algo que le había arrebatado sin que él lo notase.
Las empresas, como el malévolo supervillano de un tebeo, pretenden someternos y, para ello, intentarán despojarnos de nuestra condición, de poder expresar de vez en cuando un "soy humano”. Pero para conseguirlo les falta algo: un atisbo de humanidad. Y esa será su perdición.

martes, 29 de enero de 2008

El eterno retorno

Después de una época de economía de guerra, vuelvo a comprar los coleccionables del periódico. Después de un periodo convulso, en el que no he podido evitar saltarme mis viejas costumbres, vuelvo a ellas lentamente. Vuelvo a ver películas los fines de semana después de comer, una de mis rutinas favoritas. Aunque en distinta compañía (sigo intentando imbricar mis hábitos con los de mi nueva y flamante compañera de piso) vuelvo al cine de autor y al Hollywood clásico en la sobremesa de los sábados y los domingos.
Este domingo tocaba uno de los documentales que ofrecía El País, 'Los espigadores y la espigadora', firmado por la Dama de la Nouvelle Vague, la gran Agnes Varda. La Varda vuelve a los temas y personajes que ya retrató en cierto modo en 'Sin techo ni ley'. La película comienza con el cuadro de Millet, 'Des glaneuses', continúa con la definición de espigador y retrata las ajadas manos de la espigadora, a un viticultor que fue un pionero del cinematógrafo, un viaje a Japón, camiones en ruta, un mercado bajo las vías del metro en París, patatas en forma de corazón, un reloj vacío, a la esposa de un filósofo, el baile de la tapa de un objetivo, a un matrimonio que posee un bar en una ciudad francesa de provincias...
La cinta pretende ilustrar el hábito de espigar (incluso recogida en el código penal galo), que originariamente era la recolección de los frutos sobrantes de un campo de cultivo una vez su legítimo propietario los ha cosechado. Este epíteto se aplica aquí no solo a los alimentos, también a los objetos y, por supuesto, a las imágenes. Varda reune así una colección de estampas que permanecen en los márgenes de la realidad inmortalizada en las películas, despreciadas por todos menos por la espigadora del título.



A modo de conclusión, finalizan con la expedición al cavernoso almacén de un ignoto museo en el que se guarda un cuadro, 'Las espigadoras huyendo de la tormenta', de Pierre Edmond Hedouin, que parece querer contraponerse al cuadro mostrado inicialmente. Las espigadoras aquí están erguidas y muestran orgullosas su carga. Del mismo modo, la Varda se endereza de nuevo a pesar de su edad y adquiere valor para enfrentarse a la negra muerte, que parece quedarle próxima. La cineasta nos dice: un relámpago puede animar de nuevo vuestra laxa fuerza de voluntad, como a las espigadoras, un relámpago puede iluminar el resto de vuestro camino.
La directora volvió a los espigadores dos años después, pero yo no necesitaré ver la secuela del documental para volver a ellos: después de un periodo de preocupante pereza vuelvo a leer libros antes de dormir. Esa misma noche, hojeando 'The Art Book', un hermoso libraco de mi compañera de piso, me doy de bruces con 'Des glaneuses', de Millet, y todo vuelve otra vez: las ajadas manos de la espigadora, el viticultor que fue un pionero del cinematógrafo, el viaje a Japón, camiones en ruta, el mercado bajo las vías del metro en París...

martes, 22 de enero de 2008

Recuerdos de un joven cinéfilo

Inspirado por este post de El dormitorio de Maud y los Je me souviens de George Perec (téngalo siempre en su mesilla de noche) he decidido compilar no solo recuerdos cinematográficos circunscritos a los últimos 12 meses (que son muchos y muy variados) sino todos y cada uno de los que he acumulado en mi aun breve experiencia de cinéfilo. Esta insólita reunión tendrá lugar en un nuevo espacio de la sobresaturada blogosfera, Recuerdos de un joven cinéfilo, que, como los otros dos que firmo, será el continente de cualquier tontería que se me pase por la cabeza, en este caso cualquier recuerdo que me asalte y en el que intervenga el cinematógrafo, aunque sea de la forma más peregrina. Ah, y su periodicidad también dejará mucho que desear.
Y para que esto no parezca mera autopropaganda, continuamos con nuestra programación habitual: la lista de las 10 mejores películas que he visto este año en una sala de cine.



1- En la ciudad de Sylvia (José Luis Guerín)
2- Takeshis (Takeshi Kitano)
3- Lady Chatterley (Pascale Ferran)
4- Little Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris)
5- Naturaleza muerta (Jia Zhang Ke)
6- María Antonieta (Sofia Coppola)
7- Once (John Carney)
8- Borrachera de poder (Claude Chabrol)
9- Deseo peligro (Ang Lee)
10- La ciencia del sueño (Michel Gondry)

Merecen citarse asimismo algunos episodios de ‘Paris je t´aime’ (en especial el de Alexander Payne), ‘La vida de los otros’ (Florian Henckel-Donnersmarck) y ‘Los testigos’ (André Techiné).
2007 ha sido el año en que mas películas he visto en la pantalla de mi ordenador, algunas incluso no estrenadas en nuestras pantallas, misteriosas y crípticas joyas, como ‘Les amants reguliers’ (Philip Garrel), perdidas y encontradas en el ciberespacio. Este acceso a obras insólitas, inextricables y difícilmente localizables en las estanterías de los grandes almacenes es considerado piratería por algunos, pero yo prefiero llamarlo amor por el séptimo arte. La misma clase de amor que nos impulsa a acudir a la Filmoteca y similares para empaparnos las retinas con sobrecogedoras cintas que no habíamos visto antes (me ha sucedido con ‘El año pasado en Marienbad’ o ‘Corazonada’) o con otras que ya casi nos sabemos de memoria (‘A bout de souffle’ ‘8 y medio’).
Y es que uno puede conformarse con el cine que se anuncia al final de los telediarios y que intentan vendernos las revistas que se autodenominan especializadas o acercarse a filmes distintos, quizá más difíciles, pero más rentables si sabemos como aprehenderlos. Yo me he asomado a ellos y ya no puedo apartar la mirada.

viernes, 11 de enero de 2008

La virginidad de Lady Chatterley

La nuestra es esencialmente una época trágica, así que nos negamos

a tomarla por lo trágico. El cataclismo se ha producido, estamos entre las
ruinas, comenzamos a construir hábitats diminutos, a tener nuevas
esperanzas insignificantes. Un trabajo no poco agobiante: no hay un camino
suave hacia el futuro, pero le buscamos las vueltas o nos abrimos paso
entre los obstáculos. Hay que seguir viviendo a pesar de todos los
firmamentos que se hayan desplomado.


A veces, uno dispone de un par de horas para pararse delante de una de esas películas en las que los personajes no hablan prácticamente en todo el metraje y la acción brilla por su ausencia. Algunos, en tono despectivo, se referirán a ellas como "películas de arte y ensayo". Sigo sin saber si el cine es un arte o un medio de comunicación social (agria polémica que se inició en mis días de estudiante) y las únicas películas-ensayo que conozco son aquellas que Godard filmó a finales de los 80, poco aptas para no iniciados en la materia. Al fin y al cabo, 'Lady Chatterley' es un film narrativo como otro cualquiera, aunque para contar la historia que desea, se decanta por las imágenes en lugar de las palabras, reivindicando así la concepción primigenia del cinematógrafo, que las más de las veces se olvida, favoreciendo una vacua verborrea mayormente prescindible.
La directora Pascale Ferran opta por otorgar un papel destacado a la naturaleza no solo como marco que contenga los sentimientos de los protagonistas, sino como un ente que los comparte y que, incluso, puede llegar a modificarlos. He encontrado en diversos análisis esta importancia del paisaje con la denominación de "épica de los sentimientos", en especial aplicada al cine de David Lean, en el que se entremezclan los dramas intimistas con los sucesos que afectaron al curso de la historia de la humanidad. Pero creo que esta expresión le cuadra a 'Lady Chatterley', porque las intensas emociones experimentadas por Constance y su amante son el eje de la narración, una narración sostenida por éstas y por la inconmensurable belleza de la naturaleza retratada, que insufla aliento épico la pasión amorosa.
Lo mejor (o lo peor, según se mire) de prescindir de los diálogos es la información que se deja en los márgenes del relato, datos seguramente poco relevantes, pero que el espectador no puede evitar preguntarse durante el transcurso o finalizado el visionado. Por ejemplo, en el primer encuentro con el Hombre de los Bosques, ¿es virgen Lady Chatterley? En la novela este punto está bastante claro, pero aquí solo tenemos para desentrañarlo las expresiones de la actriz Marina Hands, que puede interpretarse de decenas de formas. Lo bueno que tiene esto es que consigue que le demos vueltas al asunto durante días, cosa que no se logra con el 80% de lo que vemos, olvidado a la media hora.


En el último número de Cahiers du Cinema, alguien dice de la existencia de 'Lady Chatterley' que responde a un proceso de calcificación de un determinado cine de autor europeo. Para rematar esta breve reseña, únicamente señalar dos detalles:

1- Que pese a esta definición (y a los otros muchos peros que se le puedan poner a la cinta), esta adaptación de la novela de D.H. Lawrence es hermosísima.

2- Que la palabra "calcificación" es igualmente hermosa y me hace imaginar firmamentos desplomados y polvo de estrellas con aspecto de celuloide.

miércoles, 9 de enero de 2008

Fred Chichin

Hace poco he conocido la muerte de Frédéric Chichin. Este músico francés era la mitad del dúo Les Rita Mitsouko. He ofrecido pruebas de mi devoción al grupo en páginas anteriores.
Chichin se dio a conocer a finales de los setenta, en un movimiento musical similar a la new wave anglosajona en el que comenzaron (y en ocasiones terminaron) su carrera Indochine, Plastic Bertrand o Marquis de Sade. Chichin formó parte de bandas tales como Fassbinder o Taxi girl (junto a un joven Mirways, luego creador del 'Music' de Madonna) hasta que conoció a Catherine Ringer, eventual actriz de cine no apto para todos los públicos, con la que se casó y formó Rita Mitsuoko, nombre al que años más tarde se le añadiría el 'Les'.
Su momento de gloria en el pop les vino allá por 1986 de la mano del productor Tony Visconti (ya había hecho lo propio con David Bowie o T Rex), que colaboró con ellos en el álbum 'The no comprendo', un éxito tanto dentro como fuera de territorio galo.
Además de cuidar sus canciones, Chichin y Ringer daban enorme importancia a su imagen y esto lo demuestra el hecho de que contaran con el fotógrafo Jean Baptiste Mondino para que firmase videoclips como el de 'C´est comme ça' y fueran filmados por Godard para la película 'Soigne ta droite'.
Les Rita Mitsouko publicaron su último álbum, 'Variety', durante el año que acabamos de dejar atrás. Nadie le hizo mucho caso. También fueron noticia en los últimos meses por su apoyo al inefable Sarkozy durante su campaña electoral.
Pero la decadencia de un artista no es importante, es preferible destacar que las canciones de la mejor época de Chichin siguen vigentes, como demuestra la utilización de un par de temas en la banda sonora de la espléndida 'Los testigos'.



Redactando este post me he dado cuenta de que se asemeja inquietantemente a este otro, en el que también se habla de la muerte de alguien que participó de manera tangencial en la última cinta de André Techiné. ¿Estaremos ante un nuevo filme maldito?

viernes, 28 de diciembre de 2007

Un musical dislocado

Existe una enfermedad llamada musical. Muchos se jactan de no haberla contraído pero, del mismo modo, otros la exhibimos alegremente. Ah, sí, tú no la padeces, las películas musicales te parecen falsas, forzadas, sentimentaloides, blandas, bobaliconas, edulcoradas... Esa visión tan limitada significa algo: que no te has expuesto lo suficiente al virus como para contagiarte. A veces se estrenan filmes en las salas de cine que pueden suponer un peligro para las mentes sanas. Me refiero a los musicales dislocados. Actualmente, esta clase de cintas ya no se fotografían en colores chillones ni narran un manido romance entre artistas y solo están emparentadas con los clásicos del género en que los protagonistas cantan y bailan. Y a veces, ni eso. Por ejemplo, hay musicales en los que los actores no cantan (‘Corazonada’) y filmes en los que se canta pero no se baila (‘On conaît la chanson’, aunque haya puristas que quieran no considerarla un musical).
Aprovechando la clasificación que hizo el inefable Mr. Biskind en su libro ‘Easy riders raging bulls’ para diferenciar a dos clases de cineastas, estableceremos dos categorías: los musicales que nos llegan del otro lado del atlántico, que parten del modelo clásico e intentan insuflarle nueva vida al género, dado por muerto una década atrás, por ejemplo, la discutible ‘Moulin rouge’ o la aún más discutible ‘Chicago’, y los musicales europeos, que parten de la misma base pero pervierten las constantes que los componen para intentar subvertirlas, envolviéndolos en una estética feísta (‘Bailar en la oscuridad’) o despojándolos de su opulencia (‘8 femmes’).
Éste rasgo es fácilmente reconocible en uno de los últimos resquicios del genero que ha llegado a nuestras carteleras, ‘Once’, una cinta irlandesa que narra la relación entre un cantautor que se gana la vida pateándose las calles de Dublín guitarra en ristre y una limpiadora checa que resulta ser una formidable pianista.



Debido al trivial pseudoromanceque se cuenta, a ratos uno puede imaginarse el remake hollywodiense, ambientado en Nueva York, con Jude Law y Kirsten Dunst de protagonistas, canciones de U2 y fastuosas coreografías ambientadas en la cima del Empire State, en un gigantesco centro comercial o en alguna mansión de Salem Center. Pero la historia que en ‘Once’ se cuenta deja de ser convencional gracias a las canciones que la completan. ¿Y por qué es éste un musical diferente? Porque las canciones que adornan la trama pierden su carácter convencional gracias a ésta, pues los musicales no suelen recrearse en el realismo. No pasan ni de puntillas por los problemas de integración de los inmigrantes en una cultura ajena o la putada de que se te acaben las pilas del discman a mitad de tu canción favorita. Tampoco se trata de un film lleno de veleidades de cine de autor, es una simple comedia romántica donde los protagonistas tocan instrumentos, más cercana al espíritu de Julia Roberts que al de Ken Loach. Pero, aún así, es una película infecciosa, que te hará tararear las canciones a la salida de la sala e incluso quizá consiga que te tengas que secar los ojos. Que la sensiblería está para usarla bien pero para usarla al fin y al cabo, leñe.
Podemos definir ‘Once’ como un musical realista. Los números se desarrollan naturalmente en el devenir de la acción y serían perfectamente plausibles en una película de no ficción. Este experimento no es nuevo, lo vimos en ‘Hedwig and the angry inch’, aunque solo en parte, ya que en esta obra maestra del musical dislocado los números alcanzaban cotas tan estrambóticas que pasaban de una persona delante de un micrófono a un karaoke en el que se invita a cantar al espectador.



En cambio, en ‘Once’ nadie baila enloquecidamente, ni siquiera ensaya unos pasos frente al espejo, lo que logra que todo el interés recaiga en las espléndidas canciones del dúo protagonista (dulcemente pegajosas) y que la puesta en escena huya del manierismo, el principal inconveniente del género para sus detractores. Para ellos va dirigido este intento de propagación de la enfermedad: el musical dislocado es una excusa perfecta para contagiarse.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Cómo criticar el cine de culto

Mis nunca bien ponderados commmpañeros de fatigas laborales tuvieron la genial ocurrencia de obsequiarme por mi cumpleaños con la edición en dvd de 'Historias extraordinarias', la adaptación de tres relatos de Edgar Allan Poe que llevaron a cabo el mismo número de maestros del cine europeo: nada más y nada menos que Fellini, Malle y Vadim.
Como desde antes del verano no se asoma por aquí ningún listado absurdo, he decidido que es hora de recuperar esta sana costumbre y señalar por qué merece la pena ver esta película. No voy a someterla a juicio, no estoy capacitado para ello, únicamente deseo destacar algunos aspectos que la hacen atractiva, interesante, irresistible, irrepetible. Como por ejemplo, un, dos, tres, responda otra vez:

- Una reconocible ciudad italiana bajo un prisma febril y afectado.

- Jane Fonda enrollándose con otra mujer(¿o fue mi mente calenturienta?).

- La condesa de Metzengerstein acariciando a un felino de aspecto bastante peligroso.

- Un cruento precedente de 'Au revoir les enfants'.

- Jane Fonda enamorándose perdidamente de su primo en la ficción, su hermano en la vida real.

- El eslabón perdido entre 'Roma' y 'Ocho y medio' (o entre '8 y medio' y 'Roma').

- Alain Delon dando de latigazos a B.B.

- Una galería de rostros peculiares exquisita y espectacular.

- William Wilson apuñalando a William Wilson.

- Terence Stamp llevando hasta un límite casi inconcebible la expresividad de su rostro.

- Vislumbrar el primer western católico.

- William Wilson a punto de practicar una vivisección a una aterrada jovencita.

- Una película de Fellini en francés.

- Una doble (casi) perfecta de Greta Garbo en una entrega de premios cinematográficos.

- B.B. fumando un puro y jugando a las cartas con Alain Delon.

- Toby Dammit perdiendo la cabeza.

- Terence Stamp completamente borracho conduciendo un Ferrari.

- La condesa de Metzengerstein entregándose sin reservas al fuego.

- La condesa de Metzengerstein entregándose sin reservas al fuego.

Y ya no podemos continuar porque sin habérnoslo propuesto hemos repetido lo del fuego. Han sido 18 respuestas acertadas a 25 pesetas cada una....

martes, 18 de septiembre de 2007

El hermano pobre de la nouvelle vague

Y Jacques Demy decidió hacer algo todavía más arriesgado de lo que había hecho hasta el momento. El cineasta francés, como el resto de los integrantes de ese etéreo movimiento conocido como nouvelle vague, había descubierto que para hacer una película más complicada que la media hay que otorgarle a lo alambicado la apariencia de algo muy simple. Por eso, después de perpetrar un musical dislocado, pretendió realizar uno clásico. Pero únicamente en apariencia.
Él y su talentosa esposa, la también directora Agnes Varda, se recorrieron las provincias del país vecino para dar forma al sueño que Demy tenía en mente: todo un pueblo cantando y bailando al ritmo de las alegres melodías de Michel Legrand.
El sueño se materializó en la plaza de Rochefort, donde el realizador vislumbró a los personajes de su historia. Vio cómo se conocían, cómo se enamoraban, cómo se peleaban y se separaban, cómo reían y, sobre todo, imaginó las fastuosas coreografías en las que estarían incluidos reputados bailarines norteamericanos de la talla de George Chakiris y Gene Kelly.



Y así la película se materializó. 'Las señoritas de Rochefort' son Catherine Deneuve y la malograda Françoise Dorleac (que fallecería al año de acabar el rodaje), dos hermanas gemelas que buscan el amor y un destino más grande que el que puede ofrecerles su pueblo natal en medio de una estética art decó y de unos números musicales deliberadamente afectados.
Jaques Demy parecía haber bajado el listón. Esta vez, la cinta no era completamente cantada y los tonos, a pesar de chillones, no eran tan excesivos como en su anterior entrega, 'Los paraguas de Cherburgo'. Pero esta simplificación escondía algo muy complejo: una síntesis casi perfecta entre el musical clásico hollywodiense y la comedia romántica francesa, un tanto cínica y amoral, con personajes atormentados y un tanto casquivanos, con equívocos y una pizca de idiocia (lo de "madame dame" es un claro precursor de la mayoría de chistes de 'La hora chanante'). Se me antoja similar a la segunda incursión en el largometraje de su esposa, 'La felicidad', un film tranquilo y reposado que esconde una desgarradora tragedia.
Demy y Varda volvieron a París pensando que los críticos aclamarían 'Las señoritas de Rochefort' como habían hecho con 'Los paraguas'. No fue así. Es más, Demy volvió a intentar dar forma a esas turbulencias que azotan nuestra mente mientras dormimos en un viaje transoceánico y en un surrealista cuento de hadas, pero no cuajó. Así se quedó un poco como el hermano pobre de la nouvelle vague, completamente fuera de onda e incluso con sus primeros éxitos puestos en entredicho.
Pero, debido a las azarosas sendas que trazan los estudiosos del séptimo arte (o quizá los simples aficionados), Demy ha vuelto. Ligeramente quizás, de puntillas, pero ha vuelto y su regreso es un retorno a la grandeza. Ahora, Cherburgo ya no es el lugar de moda, sino Rochefort, un lugar en el que conviven el sueño y la vigilia, la tradición y la modernidad, la reflexión y el escapismo y que no nos cansaremos de visitar y de recomendar que visiten las generaciones venideras. O quizás el azar decida otra cosa. Al menos para mí la estancia ha merecido la pena.

miércoles, 29 de agosto de 2007

Los actores de reparto

"Soy un ser de diálogo, todo en mí es conflicto y contradicción. Por más que se pretend contar la verdad, las memorias siempre son verdades a medias: todo es siempre más complicado de lo que se piensa. En una novela quizá resulte más fácil acercarse a la verdad."

Me ha costado casi todo el verano pero por fin he terminado la biografía de François Truffaut que publicaron hace ya unos cuantos años los estudiosos del cinematógrafo Antoine de Baecque y Serge Toubiana.

Truffaut Cannes 1959

No es que me entusiasmen las biografías pero el director de 'Farenheit 451' o 'La mujer de al lado' me resulta un personaje tan fascinante que consideraba necesario conocerlo a fondo (todo lo a fondo que se puede conocer a alguien a través de una biografía). No me he arrepentido no solo por lo que de complejo tenía el cineasta francés, sino también por las virtudes narradoras de sus biógrafos: convierten la vida de Truffaut en un novelón decimonónico protagonizado por un antihéroe arribista lleno de dudas y contradicciones en el que hay secretos familiares, amores imposibles, pasiones desatadas, espeluznantes crímenes, políticos corruptos, acontecimientos históricos y un destino grandioso. Citando a Jean Grualt, uno de los guionistas del genio, "me da la impresión de que François había llegado a esa cima a la que parecía haber aspirado siempre". En efecto, Truffaut siempre supo que podía ocupar un lugar entre los grandes directores de la historia de cine y finalmente lo consiguió. Su influencia es enorme, no solo debido a sus películas, de las que ya he hablado en alguna que otra ocasión. A su época de crítico debemos una concepción del séptimo arte que ha endiosado a algunos autores y denigrado a otros, pero el visceralismo de Truffaut en sus escritos ha hecho que cintas relegadas a un injusto olvido hayan llegado hasta nosotros con un aura de clásico: 'Encadenados', 'Johnny Guitar', 'La regla del juego', 'Te querré siempre', 'El sueño eterno', etc.
Pero más allá del cine, su vida dio mucho de sí. Desde su nacimiento, su devenir se transformó en un culebrón apasionante para seguir desde fuera, aunque sospecho que no tan agradable para experimentarlo: hijo ilegítimo, pilluelo callejero, joven depresivo, desertor...
Pero no hay una buena novela realista sin millones de personajes secundarios que la enriquezcan y le otorguen su definitiva grandeza. Me ganan siempre los personajes secundarios (ver post anterior), esos que nunca serán los protagonistas de la historia pero que, en el pequeño hueco que se les concede, son capaces de fascinarnos tanto o más que los héroes. En este caso con el morbo añadido de que estos personajes fueron (o son) hombres y mujeres de carne y hueso, que comen, duermen, caminan y respiran, de los que quizá nunca se escribirá una biografía pero que, al cruzar sus vidas con la de Truffaut, han esquivado al olvido, obteniendo un papel de reparto en la eternidad (al menos en la finita eternidad del ser humano).


Truffaut at work

Me refiero a, por ejemplo, la fiel Suzanne Schiffman, asistente de Truffaut en una decena de sus films, a Marcel Berbert, el eterno administrador de Les Films Du Carrosse, a Jean-Luc Godard, alguien que en una novela al uso podría ser considerado "el antagonista", amigo al principio y enconado enemigo más tarde, a Ignace Morgenstern, el suegro y productor de los primeros trabajos del cineasta, a Helen Scott, su asistente y traductora en las charlas con Hitchcock ("evidentemente enamorada de Truffaut", segun los biógrafos), a Koichi Yamada, el corresponsal del director en Japón, al productor Gérard Lebovici, brutal e inesperadamente asesinado en su piso de París, al escritor Henri-Pierre Roché, autor de 'Jules y Jim', a la estudiosa de Adele Hugo Frances-Vernor Guille, fulminada por un infarto tras admirar la adaptación de su trabajo que había realizado Truffaut en 'Diario íntimo de Adele H.', a los actores a los que dirigió, el austriaco e iracundo Oskar Werner, Jean-Claude Brialy, la superestrella Jean-Paul Belmondo, el atormentado Jean-Pierre Leaud y, por supuesto, a las actrices de las que se enamoró: Claude Jade, la malograda Françoise Dorleac, Catherine Deneuve (de la relación de ambos no se ofrecen demasiados detalles, una pena), Jeanne Moureau, Isabelle Adjani (¿por qué una mujer tan inteligente y sensible ha pasado tantas veces por el quirófano?), la divina Fanny Ardant...
Es curioso que la única mujer con la que se casó Truffaut, Madeleine Morgenstern, no fuese una actriz. Pero así era François, terriblemente contradictorio, un cineasta moderno pero a la vez un poco anticuado, un revolucionario y un conservador, un hombre serio y reflexivo pero que en su interior escondía el alma de un niño, Spielberg dixit.
En fin, quien piense que ya no puede haber nada parecido a Stendhal, Balzac o Victor Hugo que se asome a estas páginas. Yo me voy a repasar otra vez la filmografía del genio.

martes, 10 de julio de 2007

Takeshis



Hay gente que tiende a juzgar las películas por la verosimilitud de sus argumentos. Esas personas deben abstenerse de ver 'Takeshis', la última obra del realizador japonés Takeshi Kitano. No es que 'Takeshis' no tenga un argumento plausible. Es que no tiene nada parecido a un argumento. Ni falta que le hace.
No es que yo sea un seguidor acérrimo de este director ni del cine nipón contemporáneo. El trabajo que más me gusta de Kitano es 'Humor amarillo', donde, a poco que te fijes, podrás encontrar muchas de las constantes de las películas que le han llevado a ser aclamado por la crítica festivalera de todo el mundo: violencia gratuita, humor absurdo, frikis disfrazados, organizaciones criminales, jovencitas morbosas, etc.
'Takeshis' viene a ser como un resumen de su obra anterior, en la que se revisitan personajes y situaciones ya vistos, pero al mismo tiempo, un paso adelante. Esta cinta es un ejercicio de estilo en el que Kitano se salta a la torera las convenciones narrativas que se le suponen al cine de ficción para presentar una sucesión de secuencias de escaso sentido, un pastiche posmoderno en el que se alternan sin orden ni concierto una infinidad de géneros, desde el terror psicológico hasta el musical más zafio y hortera.
Me encantan los pastiches, esa mezcla de lo sublime con lo delirante, de la basura con la joya. No sé si son un producto de la posmodernidad y si la posmodernidad es un concepto que existe por los pastiches, pero no me importa. A veces, uno no desea que le cuenten una buena historia, simplemente quiere secuencias que no revelen su sentido instantáneamente y a las que haya que dar vueltas en la cabeza cuando la película acaba. Y que, después de reflexionarse a conciencia, no tengan sentido.
Es cierto que a ratos uno puede sentirse estafado por Kitano y pensar que esta película es el capricho de un cineasta que puede hacer lo que quiera y se limita a rodar sus paranoias y coñas privadas, de las que no entendemos ni podemos pretender entender nada. Pero si uno se deja llevar simplemente por sus imágenes, por esa sencilla pero a la vez intrincada puesta en escena, por ese circular recorrido por los mismos personajes estrambóticos y situaciones grotescas, por ese gesto duro y triste del protagonista, por su patética dualidad, puede acabar disfrutando.
No en vano comparada con '8 y medio', del maestro Fellini, 'Takeshis' puede interpretarse con la frase que pronuncia Marcello Mastroiani en uno de los diálogos más intensos (y absurdos) de la película, al pie del esqueleto de una nave espacial, algo así como: "solo quería hacer una película que pudiese ayudar a la gente, una película para enterrar todo lo malo...".
Kitano ha rodado una película (que ha tardado 2 años en estrenarse en nuestro país, para que vean la suerte que se les depara a las Magnas Obras Cinematográficas) que, si no lo consigue, intenta al menos enterrar todo lo que es mediocre y convencional en el cine, e intenta ayudarnos a percibir que las películas pueden (y deben) ser algo más que un relato lineal: un glorioso espectáculo en el que la escenografía, el montaje y la música manden al argumento a paseo. En definitiva, poesía visual, séptimo arte en estado puro.

miércoles, 20 de junio de 2007

Borrachera de poder (II)

El poder intoxica a la manera del alcohol. Por eso, los representantes de la justicia deben cerciorase de que los políticos no se emborrachan con él. Y, si se emborrachan, de hacer que se les pase la curda con una temporada entre rejas.
Más o menos de eso trata 'Borrachera de poder', el último trabajo de Claude Chabrol, director por el que ya he manifestado mi admiración anteriormente.

Borrachera de poder

En esta ocasión, deja de lado el suspense provinciano al que nos tiene acostumbrados para meterse en en una intriga política, la historia de la juez de instrucción Jeanne Charmant-Killman, que investiga una densa trama de corrupción y malversación de fondos desde su despacho parisino.
Chabrol ya había ahondado en la política en anteriores obras, como 'La flor del mal', pero en aquella ocasión como telón de fondo, aunque no exenta de ironía. Esta vez se inspira en un escándalo real, el caso Elf.
En la crítica de esta cinta del último número de Rockdelux hay un aspecto que se destaca sobre el resto y es el de la idiosincrasia de esta cinta debido a su nacionalidad de origen. O más bien, a su idiosincrasia debido a la nacionalidad a la que no pertenece.
Tenía un profesor (y perdón por repetir este recurso) que afirmaba que solo había dos tipos de películas: unas capaces de llegar al público de todo el mundo (es decir, las comerciales americanas) y el resto, las realizadas con fines más "artísticos", que solo podían ser entendidas en su país de origen, pues no usaban el lenguaje universal de las primeras. La verdad, siempre pensé que este profesor era un imbécil.
'Borrachera de poder', a pesar de ser francesa, es una película perfectamente asumible por los espectadores de cualquier lugar, al menos del hemisferio norte, incluso por los norteamericanos, si se esfuerzan un poco. Pero en Rockdelux destacan que esta historia hubiese quedado irreconocible si se hubiese filmado en Yanquilandia, pues en sus películas siempre se demuestra que el sistema funciona y que, si parece no hacerlo, es solo un fallo de percepción por parte de los ciudadanos. En aquel lugar los protagonistas siempre son buenos y los antagonistas, muy malos y la distancia que los separa está muy clara. Pero en Francia, y en las películas de Chabrol, no es así.

Huppert y Chabrol

El sistema, simbolizado por unos oscuros señores encorbatados que se reunen en restaurantes exclusivos a beber champán y fumar puros, mueven los hilos tan formidablemente que su presencia no es ni intuida, mientras la juez ve como, al intentar tirar de uno de ellos, su propia vida se desmorona. Aquí el individuo se da cuenta de que el sistema no funciona, de que está podrido desde el inicio hasta sus peldaños más elevados, y que es casi imposible cambiarlo. Al intentarlo, puede pagar un precio demasiado alto.
Pero Chabrol no presenta a la juez Charmant-Killman como un ser inmaculado. Es una fría arribista que ha descuidado su vida personal porque también está intoxicada del poder que se le ha otorgado.
(Interludio: Isabelle Huppert es una actriz soberbia, estaría magnífica incluso encarnando a Pikachu, Chabrol dice de ella: hay muy pocos actores que logran construirse una obra trabajando para los demás)
Al final, después de varios intentos de unos poderes para acabar con los otros y viceversa, solo quedan las personas: una mujer que ha llevado su cometido hasta extremos peligrosos para ella misma y los que le rodean y el único político al que ha conseguido perjudicar, recluido en un sanatorio, víctima de una depresión.
Pero 'Borrachera de poder' no me parece una película pesimista. En la última secuencia, la juez manda a la mierda a los politicastros y se dispone a reanudar un simulacro de su existencia anterior. Al menos para Charmant-Killman hay una oportunidad de redención. Ha descubierto que estaba borracha. Ahora viene la resaca, pero quizá después puede volver al trabajo completamente serena.