Quizá Truffaut murió demasiado joven, no lo sé. Hay quien dice que sus últimas películas son de la clase de las que criticó con saña en sus años mozos, que se apartó de la senda iconoclasta trazada por la nouvelle vague y se plegó a un cine tan convencional como el que detestaba. Pero incluso los detractores de este segmento de su obra parecen apreciar su último trabajo, 'Vivamente el domingo', otra de esas historias en las que mezcla varios géneros, en la línea de 'Tirez sur le pianiste', su segundo film.
La idea para esta historia surgió durante el rodaje de su anterior película, 'La mujer de al lado', que protagonizaban su esposa, Fanny Ardant, y el gran Depardieu.
La idea se me ocurrió mientras veía las primeras pruebas de 'La mujer de al lado'. Estábamos viendo una escena nocturna en la que Fanny caminaba cerca de la casa con un impermeable. Alguien dijo: "Me recuerda a una película de intriga". Y, en efecto, Fanny Ardant parecía la heroína de una película de intriga.
Cuando vemos 'Vivamente el domingo' creemos encontrarnos frente a un homenaje al cine negro norteamericano: películas como 'El sueño eterno', 'La mujer del cuadro', 'Forajidos' o 'Perdición' son claras referencias, sobre todo a nivel estético. La magnífica fotografía de Néstor Almendros es un gran aliado para atrapar esa clásica atmósfera, sin duda. Pero Truffaut no se limita a tomar prestados los tópicos y trasladarlos a Francia. Prefiere jugar con ellos y mezclarlos con los de otros géneros, como la comedia slapstick o el drama romántico, obteniendo un film diferente y, a ratos, maravilloso, sobre todo por conseguir encajar un montón de escenas que no tienen nada que ver con la trama principal, como la del ensayo teatral o la entrevista a la candidata a secretaria.
Quizá el resultado es un tanto deslavazado, pero funciona a la perfección como cinta de misterio, no sólo por la habilidad de Truffaut como artífice del puzzle, sino por el talento de la protagonista absoluta de la función, que con una versatilidad envidiable, cohesiona todas las piezas: Fanny Ardant.
Ya sé, ya sé que mi debilidad por las actrices francesas es demasiado acusada, pero es que me obsesionan, soy de obsesiones, como Palomares. Las intérpretes galas parecen tener algo inefable que las diferencia de las de cualquier otra nacionalidad. Fanny Ardant, además de un talento deslumbrante, hace gala aquí de una belleza casi imposible, como de escultura clásica. Deberían haberla criogenizado y colocado en el museo del Louvre para deleite de las generaciones venideras.
Lamentablemente, Truffaut murió después de acabar esta película y dejó unas cuantas sin realizar (el resto de directores surgidos de la nouvelle vague (Godard, Varda, Rohmer, Chabrol) siguen trabajando a día de hoy con asiduidad) y una viuda joven y bella que continuaría su carrera cinematográfica sin aquel que le había dado su primer impulso. Truffaut (que creía que las mujeres tenían algo mágico, como el asesino del film) también se sintió impresionado de primeras por la Ardant:
Enseguida reconocí y aprecié en Fanny Ardant las cualidades que yo busco normalmente en los protagonistas de mis películas: vitalidad, valentía, entusiasmo, humor, intensidad y, al mismo tiempo, el gusto por lo secreto, un aspecto arisco, una pizca de salvajismo y, por encima de todo, algo vibrante.
Pero, ¿qué es ese algo vibrante? ¿Es simplemente el hecho de que la contemplemos en una pantalla de cine? Quizá si nos la encontrásemos por la calle, no nos llamaría la atención más que cualquier otra mujer hermosa que se cruzase en nuestro camino. O sí. Truffaut era un ligón y, si el decía que tenía algo especial, debía ser cierto.
No sé, no me parece tan fácil como predica Vincent Delerm (al que le he tomado prestado el título del post) que Fanny Ardant y yo paseásemos cogidos de la mano, ella fuese a conocer a mis padres y escuchásemos juntos canto gregoriano. Ni en sus años mozos. Pero por imaginar...
