lunes, 27 de marzo de 2006

Notorious

Para clasificar la notoriedad se pueden establecer diversas categorías. Es un atributo que se puede adquirir por ganar un premio literario o por recibir una paliza.
Por un lado está la inefable Aída Nizar: de profesión, contertulia. Como muchos de estos profesionales del pressing catch verbal, saltó a la fama con "Gran Hermano", un programa-concurso-estudio sociológico que era en realidad un casting de nuevos talentos para amenizar los soporíferos programas del corazón, que desde su advenimiento se han convertido en una sucesión de acusaciones, contraacusaciones, falsos testimonios, calumnias, gritos, insultos y alguna que otra lágrima. El último numerito de la Nizar ha sido el de los lloros. En su más reciente y apoteósica intervención en un espacio de esta índole, la muchacha relató una espeluznante historia: mientras paseaba tranquilamente por su ciudad natal una banda de adolescentes iracundos la rodeó mientras le gritaba improperios del tipo "puta lesbiana" o "no tienes tantos cojones como en televisión, cobarde". Presa del pánico, la estrella catódica corrió a refugiarse en una perfumería, de la que salió cuando vio que el grupo se alejaba. Craso error, pues los jovenzuelos regresaron y el cabecilla le arreó un bofetón que le perforó un tímpano y la envió al suelo. Los agresores, dándola por muerta, se marcharon diciendo: "no vas a ser la única, lo mismo les va a pasar a Mila Ximénez, Chenoa, Jorge Javier Vázquez y Lydia Lozano". Qué fueeerrrtee. Pero Aída se recuperó y al día siguiente ya estaba en "A tu lado" para contarlo todo. Previo paso por caja, claro.
En el otro extremo, el regreso de la escritora Lluisa Forrellad, que ganó el (por aquel entonces) prestigioso Premio Nadal con su primera novela, "Siempre en capilla" en 1953. El éxito la desbordó y decidió dedicarse a cultivar el silencio durante los siguientes 50 años. No abandonó la escritura, como Salinger o Rulfo, pero guardaba lo que escribía en un cajón y se dedicaba a vivir la vida, como si la fama fuese una especie de muerte. Pero volver a publicar después de cinco décadas es un hecho cuando menos, notorio.
En nuestros días, el concepto de fama está tan mezclado con el de éxito que apenas se pueden separar uno de otro. No es nada malo intentar conseguir notoriedad, pero, dependiendo del tipo de fama que desees, puede provocar que te merezcas una paliza.

Joy in television

La red es como una enorme megápolis. Cada navegante habita su pequeño espacio y visita aquellos que les son más cercanos. Así como todos vamos a comprar el pan en la panadería de la esquina por comodidad, aunque el pan no nos entusiasme y prefiramos el del Carrefour, al cual sólo vamos los sábados tarde, muchas personas leen a Javier Pérez de Albéniz en vez de leer a la nunca bien ponderada Rosa Belmonte.
Como muchos internautas, la primera página que leo es El Mundo, supongo que por costumbre. Existen otros periódicos y portales informativos pero éste es el más familiar. En este sitio escribe Pérez de Albéniz, un crítico un tanto obvio y con muy mala baba. Pero ceñirse a las tiendas del barrio puede hacer que sacrifiquemos la calidad en aras de la comodidad.
Me gusta le televisión, no la veo mucho, pero me gusta. A pesar del tono apocalíptico que usamos cuando nos referimos a ella, existen cosas que pueden salvarse de la quema: series (Los Simpson); informativos (Ruedo ibérico); programas de entrevistas (El loco de la colina); espacios culturales (Miradas 2) o humorísticos (Humor amarillo).
Los escasos críticos catódicos de este país tienen un denominador común: no les gusta la tele. Es más, la odian. Esta situación es inimaginable en otras áreas, no existen críticos de cine que aborrezcan el cine ni críticos literarios que desprecien la literatura. Pero hay una excepción (quizá la que confirma la regla): Rosa Belmonte, que además de ser una entusiasta de las 625 lineas, es una escritora amena, divertida y con unos recursos casi infinitos. Por eso, a todo viajero que pare por aquí, desde mi humilde morada le aconsejo: lea "El descodificador", pero deténgase también en "Enciende y vámonos", aunque esté peor comunicado y haya que caminar un poco más lejos.

sábado, 25 de marzo de 2006

Británica turbiedad

El primer comic de superhéroes que compré fue el número 7 de Excalibur. Los dibujitos, por los que quedé obnubilado, eran de un tal Alan Davis. Desde aquella infernal aventura, he seguido casi con fervor religioso todo lo que ha hecho.
Este autor británico ha pasado por infinidad de colecciones, algunas mediocres, otras sublimes. En la contrapartida inglesa de los X Men ilustraba los guiones dio muestras de su talento otorgando a cada personaje un aspecto acorde con su personalidad. Rondador nocturno se parecía a su ídolo cinematográfico, Errol Flynn o Kitty Pride tomaba prestado su aspecto de una joven Katharine Hepburn. Esta colección supondría su primer trabajo como guionista, tras la marcha de Chris Claremont, y su primera obra magna, desarrollando en una saga las que se convertirían en sus constantes como autor: aprovechar los cabos sueltos que dejaron anteriores escritores para ofrecer una aventura épica en la que los héroes acababan salvando al multiverso de su inevitable destrucción. Además, tensiones entre los miembros del grupo que amenazan con estallar en el momento álgido del asunto. En estos números, el Capitán Britania rompía una pierna a Rondador porqué sentía celos de su relación con Meggan, pero ésta rechazaba a ambos para encontrarse a sí misma, acompañada por Fénix, que no recordaba su pasado, mientras Kitty aprovechaba la ausencia de esta para intentar ligarse a Alistaire, que...
Después de su abandono de la serie realizaría su creación más personal, Clan Destine, la historia de una familia en la que sus miembros viven varios siglos y están dotados de poderes fantásticos. Los Destine no llegaron a salvar el universo pues Mr. Davis los abandonaría en el octavo número. La franquicia mutante es traicionera: los editores quisieron incluir la colección en su entorno y consiguieron que su creador se marchase escaldado de la editorial. Los personajes volvieron en un especial en el que aparecían junto con la Patrulla X. En esta ocasión sí salvaron al mundo entero, pero quedaron muchos misterios sin resolver. Esperemos que se aclaren algún día, sobre todo el concerniente a Vicent, la oveja negra de la familia, asesinado por su propio padre.
Y llegamos a mi favorito, JLA: El Clavo. En una dimensión alternativa, por culpa de un simple clavo, la tierra se queda sin su mayor campeón, Superman. La Liga de la Justicia, sin su miembro más poderoso, debe hacer frente a una humanidad que teme y odia a los superhéroes.
Este mes se ha publicado en nuestro país la segunda parte. Para este regreso, el autor aprovecha los cabos sueltos que había dejado sin atar. Algunos dirán que la secuela es innecesaria, pero el artista inglés no ha querido dejar hilos pendientes en esta continuidad que ha creado. Esta obsesión queda patente en la entrevista que se incluye al final del volumen: "creo que los lectores pierden interés por los personajes que están constantemente cambiando para satisfacer las limitaciones del nuevo equipo creativo o sus egos". De acuerdo, la historia es confusa debido al gran número de personajes, escenarios y lineas temporales que se entremezclan, pero Alan Davis demuestra su maestría aprovechando esta turbiedad en su propio beneficio. Y el retorno se justifica por si solo, pues los héroes deben cumplir su inevitable destino: efectivamente, salvar el universo.