viernes, 12 de mayo de 2006

Dioses menores

Últimamente en todas partes veo la misma tragedia. El apreciable montaje teatral 'Siglo XX que estás en los cielos', dirigido por la estupenda actriz Blanca Portillo, que se representa (hasta este fin de semana) en el remozado café del Teatro Español de Madrid incluye más o menos este dialogo:

- ¿Tu que querías ser de mayor?
- Escritora de novelas de misterio.
- En mi época nadie tenía libros. Yo ni siquiera sé leer...
- Pues en la mía había libros en todas las casas, pero nadie los leía.
- Y si en tu tiempo nadie leía libros... ¿Por qué querías ser escritora?
- ...

Pero, aparte de mi constante fijación por la lectura que me hace comportarme como el Ministerio de Cultura promocionando clásicos de la literatura hasta en la sopa, el drama está repleto de reflexiones interesantes sobre los recuerdos y el más allá. En él, la figura de Dios está encarnada por un niño malcriado que maneja a su antojo a la pareja protagonista, Roberto Enríquez y Silvia Abascal, actores que, a priori, no me inspiraban ninguna confianza. Reconozco que me sorprendieron para bien (explicaría por qué, pero reventaría el misterio). Normalmente no creo en Dios, aunque después de apenas alcanzar un 70% en este test de ateísmo (vía Cogiendo caracoles), he revisado a fondo en mi interior y tengo un lío de la ostia. Ya no sé si creo o no, pero estoy seguro: en el otro barrio hay algo, aunque sea una oscuridad inmensa e informe en la que estás obligado a revisar tu existencia anterior. Si Dios estuviese por allí y se dignase a adoptar una forma remotamente humana, opino que elegiría la de una mujer de mediana edad, con pinta de divorciada rica y residente en Las Rozas. Pero no sé si en el otro lado existirá Las Rozás. Tampoco por qué debería Dios adoptar esta forma y no otra. Si me viene la explicación, aviso.

2 parlamentarios:

Androide Paranoide dijo...

Sí, la verdad es que le pega más esa imagen que la de Alanis Morrisette.

Luisru dijo...

En la época de 'Dogma' yo también adoraba a Alanis. Lástima que después se volviese tan mediocre.